el discurso 😈
Son las primeras preguntas que uno, como novato, se hace ante este esperadísimo suceso en la vida de un escritor publicado por primera vez. Supongo que Stephen King ya está hasta el gorro de presentaciones, pero yo apenas comienzo.
Con lo que yo he observado en otras presentaciones editoriales y las sugerencias de la compiladora de nombre kilométrico, Miriam Medellín, para ahorrarnos tiempo, la respuesta es sencilla: se habla del origen de la obra en cuestión, la experiencia del proceso, sentimientos, obstáculos superados, agradecimientos y otro kilométrico etcétera.
Siendo yo el enemigo público número uno de Cronos y una víctima declarada de su labor, mi presentación es, para colmo, cronológica: inicio por la causal que nos tiene aquí reunidos en este momento.
Uno supone que con la práctica y la experiencia se va mejorando, al menos esa es la lógica que debería imperar, pero hay una máxima imposible de desacreditar: Sólo hay una primera vez y estamos presenciando una primera vez. Nuestra primera presentación editorial. La primera de varias. De muchas. Al menos ese es mi deseo para mí y todos mis colegas con los que comparto espacio en esta antología que se originó propiamente en este lugar.
Aquí aprovecho para felicitar a las otras doce plumas que cohabitan las páginas de nuestro libro y los invito a que continúen vaciando la tinta de sus venas hasta el último aliento y, entonces, desde ultratumba, publican póstumamente —así que por favor dejan material listo para el más allá—.
Muy oportuna es esta ocasión y el lugar, para hablar de orígenes, en particular del origen de esta reflexión disfrazada de crónica que les leo, la cual tiene su origen en un colapso gravitacional de una gigantesca nube molecular interestelar, hace aproximadamente 4600 millones de años, cuando se formó nuestro Sistema Solar…
…Mmmmm, creo que me fui muy atrás. Esperen.
A ver, desde aquí: la más antigua evidencia indiscutible de vida en la Tierra, interpretadas como bacterias fosilizadas, data de hace 3700 millones de años.
No, aún muy atrás.
La especie humana moderna, conocida como Homo Sapiens, surgió en África hace unos 300 mil años.
Tampoco. Un momento. Permítanme acercarme más.
A principios de 1979, en el asiento trasero de un automóvil modelo Maverick color café, mis futuros padres… ¡No! Esa anécdota no puedo contarla en horario familiar. Tantito más adelante.

En mi adolescencia… ¡Perfecto! A partir de este momento puedo empezar a narrar la historia de hoy: en mi adolescencia, descubrí que me gustaba escribir y, aunque escribía puras tonterías —cosa que no ha cambiado demasiado—, desde entonces creo o siento que me fluyen ideas rescatables y dignas de ser contadas, claro, con mejor ortografía. Y sí, con la práctica, la ortografía mejoró.
Una década después, a mediados del 2009, abrí este blog. No me fue tan mal, aunque nunca supe cómo monetizarlo. Tan sólo durante el primer lustro de publicaciones llegamos a tener casi cuatrocientos mil visitas. Hablo en plural, porque hasta colaboradores tenía. Amistades con la misma necesidad de un espacio y una pizca de necedad de querer lanzar al mundo sus pensamientos y sentimientos. Y hablo en pasado, porque aunque aún conservo el blog, está más abandonado que las promesas de campaña del político de su preferencia.
La vida y el gasto corriente se atravesaron, como suelen hacerlo, y me alejé de las letras por la maldita mala costumbre de no querer pasar hambre, ya que, por si no lo saben, de ésto no se vive. Sin embargo, también les puedo asegurar que sin ésto, tampoco puedo vivir.
Después pasé años jugando al emprendedor, con el apoyo incondicional de mis padres y hermanos, lo cual no sólo me dejó grandes enseñanzas laborales y de negocios, sino deudas que aún, a la fecha, me esperan allá afuera —es gracioso porque es cierto—.
Posteriormente, en 2017, convencí a dos amigos de armar y lanzar una revista digital: DeCierto.com. La cual vio la luz al año siguiente. Sólo no se molesten en buscarla, ya que murió de inanición con singular rapidez —les digo que de ésto no se vive—.
Así, llegó el 2019. No recuerdo el momento exacto, ni cuál fue el detonante… bueno sí sé: confieso que me cuesta admitirlo, pero fue durante la crisis de los cuarenta, exactamente unos meses antes de llegar al Cuarto Piso. Fue en ese caos emocional interno, cuando decidí —del verbo: realmente tomar la decisión consciente y firme—, que debía dejar de engañarme y retomar lo que nunca debí haber dejado de hacer: escribir.
En octubre del 2019, ya un Cuarentón recién cumplidos, por morbosa curiosidad, asistí a un breve taller de escritura en la UABCS impartido por Rodrigo Hale —lo siento Miriam, no fuiste la primera—. El cual no sólo ratificó mi decisión poco antes tomada e interés por la escritura, sino que me demostró que, aunque yo creía que escribía bien, estaba muy equivocado y tenía todavía mucho por aprender.
Por consecuencia, retomé la escritura y como el buen aficionado a las cuentas regresivas y ciclos que soy, me impuse un propósito de año nuevo: escribir todos y cada uno de los 366 días del entrante año bisiesto.
Así, ya empezado el 2020, me sorprendió una convocatoria para el arranque de cursos de un taller sabatino de Escritura Creativa. Hasta ese momento, la única sorpresa del año era positiva. Cuán inocente era al no dimensionar lo que se venía más adelante con sorpresas de pruebas positivas por doquier.
En fin, la sede de ese taller era la Casa de Cultura del Estado, aquí, en este recinto histórico, el cual alguna vez, en otros tiempos, hospitalizaba locos; ahora nos educa y hasta nos permite presentar en vivo nuestras locuras.
El sábado 1 de febrero del 2020, llegué puntualito a la primera clase. Quien no llegó puntual fue la tallerista, pero esa es historia de otra ponencia. Hasta escribí un cuento al respecto. Cuando lo publique, los invitaré a comprarlo para que lo lean.
A pesar de esa manchita en el impecable historial de Miriam, semana tras semana, con su pasión, paciencia y dedicación, nos encaminó por rutas que desconocíamos, pero, paradójicamente, ya había imaginado yo en mis sueños de ser escritor.
Desafortunadamente, como disco rayado en todas las crónicas que incluyen el fatídico año 2020, llegó la pandemia de Covid 19 a darnos una lección tan dura, que sería una pena que olvidemos. A pesar de todo, y sin el respaldo institucional, de manera independiente, confirmando la constancia y terquedad de Miriam, seguimos trabajando y experimentando a distancia de manera virtual.
Tristemente no era lo mismo, comparado con llegar tempranito al salón, desordenado por las actividades de otros talleres del día anterior, acomodar el pizarrón al gusto de la Sensei, la mesa, las sillas, etc. pero sí fue suficiente para que se gestara la antología que hoy tenemos en nuestras manos.
Mi compadre Cronos, de quien me quejé al inicio de esta lectura, se postró cómodamente sobre la burocracia editorial local y nos mostró lo vital de la paciencia y la constancia en la vida de un escritor. Esperamos tres años para que nuestro trabajo, nuestras letras, nuestros sentimientos, sueños, pesadillas y recuerdos semi-imaginados, fueran tatuados con el espíritu de Gutenberg en cada una de las páginas de nuestro libro.
Y ya. Esta ponencia, iniciada con aquella explosión estelar de hace 4600 millones de años, no puede terminar de otra manera más que con agradecimientos. Es imposible agradecer a todas las personas que, con impactos positivos o no, me han impulsado hasta este punto de mi vida. Pero sí puedo intentar resaltar los más importantes.
Quiero agradecer a mi madre y a mi padre, quienes nunca han renunciado a esta causa perdida que llaman hijo. A pesar de enfermedades varias desde bebé, de casi morir a los 8 años por negligencia médica en el ISSSTE —donde, como broma del destino, ahora trabajo—, travesuras, aventuras, desventuras, desfalcos, tatuajes sin permiso, piercings, parrandas, fracasos empresariales monumentales y una que otra discusión; no sólo no claudican, sino que empujan con más fuerza.
Uno cuestionaría con facilidad el orígen de este aguante para seguir empujando a estas alturas del partido, en lugar de darse por vencidos, pero ahora, como padre de una increíble chamaca de 5 años y medio, sé perfectamente cómo demonios lo hacen. Rebeca Sofía es el otro gran motor en mi vida para no tirar la toalla y terminar de vagabundo por las sucias calles de alguna gran metrópoli. Pero, por si acaso, la apariencia ya la tengo lista.
También quiero agradecer a la mamá de mi bendición, quien comprende y permite que compense con mi tiempo, presencia y amor lo que mi economía no abarca por completo. Agradecer a mi roomie, quien no para de picar piedra y espero que nunca desista de hacerlo hasta que encuentre la veta que busca. A mi hermano, quien ha sabido salir adelante a pesar de sus serios bemoles y a mi sobrino, que se la vive en el celular.
Quiero agradecer a todas mis amigas y amigos, añejos y más recientes. A toda mi familia de Jalisco y de Sonora, que espero pronto manden comprar el libro. Agradecer a los profesores que me han aguantado en las aulas a lo largo de mi vida. Miren que no soy fácil. Pero hasta el peor de ellos ha dejado enseñanzas y, en retrospectiva, veo claramente cómo han moldeado mi manera de plasmar mis ideas en forma de letras.
Hablando de profesores, quiero agradecer a mi Sensei de Escritura, Miriam, quien me ha enseñado muchísimo, aconsejado, regañado, inspirado, empujado, jalado y anexos. A pesar de que he cometido errores que le ponen los pelos de punta —figurativa y literalmente— ha sabido confiar en mí y persistir conmigo, mostrándome el caminito. Y ahora, hasta nos podemos jactar de colegas, aunque yo devalúe un poco al gremio. Así mismo, agradezco su peculiar necedad editorial, ya que sin su insistencia, esta antología no hubiera visto la luz —al menos no aún—.
Ya para despedirme, como mero anuncio parroquial atascado de presunción, quiero comentarles que no sólo escribí una pieza diaria durante todo el 2020, sino que le seguí de largo hasta acumular 423 historias, de las cuales podrán leer en mi próximo libro los 29 textos seleccionados.
Grazie.




























Para concluir, el tradicional comercial descarado de autopromoción de mi boletín digital, donde escribo porque no hay ley que me lo prohíba —todavía—. Te invito a suscribirte y compartir mi trabajo. ✍ ️ De antemano, muchas gracias.👌