Mis bolas sobre mi escritorio

Alguna vez trabajé en el Campo de Golf de Costa Baja, hasta que me corrieron, junto con Lucatero, por “problemáticos”. Así son considerados en esa empresa todos los empleados que piensan, proponen y cuestionan lo que no está bien o lo que se puede mejorar. Bueno, ya habiendo sacado mis 5 minutos de ardido me regreso al punto inicial, mis bolas.

Teniendo la oportunidad de trabajar en un campo de golf pude descubrir que el golf no tiene nada de aburrido como se ve en la televisión. Cuando menos eso creía antes de trabajar ahí. Es emocionante, divertido, adictivo, bastante físico e incluso estresante. Eso sí, no es un deporte para pobres, así que había que aprovechar y jugar mientras se pudiera al trabajar ahí.

Poco a poco me fui haciendo de bolas, regaladas por los clientes o encontradas en la punta del cerro, según yo para usarla en desarrollar mi nivel de juego. Poco me duró el gusto pero me quedé con mis bolas. Todas con diferentes diseños y propósitos; mayor distancia, velocidad, mejor rodada, etcétera. Por consiguiente, el diseño interior también es diferente en cada una de ellas.

El fotógrafo James Friedman, quien por cierto no juega golf, tuvo la curiosidad de partirle en su madre a unas 20 bolas de golf diferentes y encontrarse con una belleza que capturó en una serie de fotografías que han causado admiración tanto entre fanáticos al deporte de la pelotita, como en personas ajenas al mismo.

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Algunas imágenes incluso parecen sacadas de algún microscopio de laboratorio. Tienen su gracia y su encanto, por lo que aquí compartimos algunas fotografías de esa colección.

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