Oyalep

Caballero


“Me comportare como un caballero”, me dijo, y giro la llave introducida en la chapa de la puerta.

¿Sabes a lo que venimos?

Sí… afirme sacando mis últimas conclusiones. En realidad me había tragado la invitación a platicar y me imaginaba a solas con él, sumidos en una conversación larga y agradable, carcajeándonos de alguna ocurrencia y tomando una copa de vino.

Esa imagen se esfumo de mi mente en los pocos segundos que duro su pregunta. Mi corazón se preparó para no sentir, para tomarlo como un encuentro como cualquier otro y dejar de soñar en él cómo un hombre diferente a sabiendas de que no lo era, pero permanecí ahí, esperando equivocarme, guardando un rezago de fe que le diera la oportunidad de enmendarse,  él solo esperaba sexo, pero había prometido ser un caballero.

En fin… uno más en la lista.

Y conocí sus labios. Esos labios delimitados perfectamente por el contraste de color de su piel, unos labios firmes, carnosos y dulces, llenos de halagos para mi cuerpo, de éxtasis y de besos, que preguntaban constantemente: ¿te gusta?, mientras en el desenfreno, prácticamente enmudecida por mi jadeo afirmaba gustosa.

Tenía unos ojos profundos y honestos. Brillaban al conocerlo, al igual que esa noche que me miraban buscando la satisfacción en los míos. “¡Mírame!” me exigía, cuando entrecerraba mis parpados para disfrutar de la fricción de nuestros cuerpos y al ver sus pupilas parecía preguntarme tantas cosas.

Acaricié su pecho, poblado de un hermoso vello rizado, sus pequeños pezones, su tórax, su ombligo, la cicatriz de una operación que fuera de afectar su apariencia, le hacía interesante y atractivo, pero entonces encontré rastros que daban indicios de otra mujer, de otro cuerpo que disfrutaba de ese hombre que no era mío, pero que me engañaba diciendo querer serlo. Por mi mente pasaron recuerdos, se embonaron memorias y atravesó la ira, el dolor, el desamor, el dolor,  la insatisfacción, el dolor.

Él reposaba agotado en la alfombra, retomando el aliento, diciendo cuan hermosa le parecía, mintiendo en palabras que ya no recuerdo, que tal vez no escuché o preferí olvidar, con los ojos cerrados recordando un cielo que yo no sabía si era compartido, tal vez pensando en otros labios, en otros ojos o en otro cuerpo.

Fue entonces cuando lo decidí. Me acerqué a mi bolso y saqué el cuchillo que premeditadamente había guardado. Volví a ver ese rostro, ese cuerpo hermoso, esos labios que he de extrañar por siempre, pero el dolor en mi pecho continuaba, se hacía más intenso. “me comportaré como un caballero” me insistió un recuerdo, “esto es difícil para mí” mencionó otro, “veremos que sucede” dijó uno más, y en un absceso de dolor sólo pensé en acertar el cuchillo al centro de su cuello.

Apreté el mango para no perder el control y corté su tráquea, que se inundó inmediatamente de sangre, evitándole hablar y derramándose en el suelo.

Mientras más clavaba, la opresión en mi pecho era más intensa. La alfombra se inundo de un hermoso rojo carmesí  y manchó mis rodillas  y zapatos. Los chorros de sangre fueron los culpables de manchar mi vestido. En un círculo vicioso quise deshacerme de todo aquello que me causó dolor y cada herida enardecía mi cólera. Corté su lengua, le saque los ojos y reabrí su cicatriz no sé cuantas veces, ni en que extensión.

Ignoro  en qué momento murió porque no hizo por defenderse, tal vez por haber reconocido su culpa, no lo sé y hasta el día de hoy no me importa, pero después de todo y sin arrepentirme,  habiendo dejado su cuerpo expuesto  para ser encontrado, tengo  el más bello de los consuelos:

Que murió en mis brazos, no los de ella.

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