Oyalep

Lucia


Se había prometido a sí misma no llorar, así que cuando le rompieron nuevamente el corazón, sus ojos no derramaron una sola lágrima; con la gesticulación ocultaba su tristeza, simulaba un rostro osco y mal encarado, que todo insinuaba, menos soledad, agonía, o dolor.

Sin embargo, su ser interno rogaba por poder expresar esa sensación que le carcomía, queriendo romper las cadenas de su represión y derramarse por los ojos de Lucia; se amotinaba en el pecho generando opresión, deterioraba sus fuerzas, y obligando a ser escuchado, se presentaba en cada recuerdo, a cada segundo, para que por las ventanas de los ojos hubiera apertura a su libertad.

En vista de la ausencia de lágrimas, no hubo más remedio que buscar la manera de llenarse las pupilas de agua, de manera que Lucía se presentó ante el mar, le pidió consuelo y le observó hasta llenarse los ojos de él, tratando de saciar los inmensos deseos de llorar, llevando agua a ellos, en lugar de prodigarla.

Lo logró. Al observar el oleado paisaje, su ser se colmó de paz, de esperanza, pero el mar, dejando rastros de sí mismo en Lucía y firmando su proeza para cultivar su ego, tornó sus hermosos y tristes ojos cafés, en azules.

 

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