… por lo pronto, leeríamos juntos, sentados espalda con espalda, sin hablar, sin interrumpirnos, acompasadas las respiraciones, acompasado el ritmo de la lectura… pasarían las horas.

Yo, prepararía mi clase para el día siguiente y un poco de café. Tú, te adentrarías en los mundos fantásticos en que te gusta perderte y luego, con los ojos agotados, buscarías en mi cuerpo alivio y el consuelo para sanar las viejas heridas que te ha abierto el texto. Nos besaríamos con la ternura de dos preadolescentes, con la tranquilidad de dos amantes viejos, cuya única ambición es tener con quien leer… sin interrupción, sin ruido, sin palabras.

Si el verdadero amor existe, debe ser muy parecido a esto…

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