Esta clase de cosas resultan cuando no tienes idea de que escribir… terminas escribiendo cualquier tarugada.

SUCEDIÓ POR LA MAÑANA

Como cada amanecer, despertamos los tres en el mismo lugar, con la misma hambre de todos los días, sin poder salir de estas cuatro paredes que enclaustran nuestras ya olvidadas intenciones de experimentar algo distinto, hurgando entre las piedras bajo nosotros, tal vez por instinto de encontrar algo que tragar y subsistir o tal vez absortos en la rutina, con la mente en blanco, actuando por mecanismos que nos mueven sin sentido alguno, intentando distraernos de la realidad y hasta tal vez buscando algo que ya olvidamos que existía.

En ocasiones nos empujamos los unos a los otros en una lucha de poder y posesión de este lugar al que ya no tenemos conciencia de haber llegado alguna vez, en el cual recordamos estar desde hace tanto y que día tras día parece resignarnos a llamarlo hogar.

Y como cada mañana, vemos llegar esa figura y al igual que siempre nos atesta el pánico y el instinto nos da razones para alborotados, tratar de huir en un espacio en el que sólo logramos chocar los unos con los otros, escapando hacia ningún destino mientras ella se aproxima con su paso tranquilo y ceremonioso.

La criatura es grande, de un volumen mucho mayor que el nuestro, siempre cambiante. Se acerca con su voz sonora y nos menciona cosas que no entiendo, toma entre sus manos un frasco rojo, lo abre y toma una pisca de algo parecido a hojuelas de colores, se inclina sobre nosotros encorvando su larga espalda y  deja caer aquello que a causa del hambre no nos interesa reconocer, sólo tragamos.

La criatura nos observa, nos analiza y como cada mañana, después de saciar nuestra hambre, da unos cuantos golpes a las paredes, cierra el frasco rojo que siempre trae consigo y se va, para volver hasta el siguiente día donde esperaremos ansiosos y temerosos su regreso dentro de esta pecera.

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