Era de noche, pero no muy tarde aún. Yo salía de mis clases de taquigrafía en el Seguro Viejo, y él había quedado de ir por mí. Como suele ocurrir a esa edad, los pasos de la puerta del salón al malecón fueron acompañados del típico cosquilleo en las entrañas, y con la incertidumbre de si me vería lo suficientemente bonita como quería que él me viera.

Pero afuera me esperaba sólo el Malecón. Inicié la marcha, esta vez tratando de controlar el cúmulo de sensaciones  desagradables recién estrenadas y aún difíciles de clasificar: decepción, frustración, enojo (no, mucha rabia), tristeza… la terrible impresión de no valer lo suficiente como para que él quisiera estar conmigo. Y continué la marcha. Las palmeras que adornan el club de marinos donde ahora además de impartir clases de danzas polinesias y de salsa venden raspados, estaban recién plantadas y me llegaban, cuando mucho, a la cintura. Creo que en esa época aún tenía una poca.

Mientras caminaba, un cúmulo de pensamientos pasó por mi mente: mis errores y los de él, los sustos compartidos, las broncas familiares, mis miedos y los suyos; pensé también que todo había sido un juego y que yo había sido una tonta por suponer que él podría sentir algo serio por mí. Ésas y algunas cosas más de las terriblemente dolorosas que se le ocurren a una a los quince (y se le siguen ocurriendo a los cuarenta, por desgracia). Y seguí caminando.

No recuerdo en qué mes sucedió, pero sí que hacía frío; porque recuerdo que no me extrañó ver sus manos escondidas en las mangas de una sudadera, cuando, a lo lejos, vi que se dirigía hacia mí. Supuse que tenía frío. Caminaba apurado, con el pelito lacio aquél moviéndose al ritmo de sus pasos, y sus grandes ojos de lacias pestañas, buscando los míos en la cuasi penumbra en la que ya había quedado la calle Morelos, donde tenía que dar vuelta, y por la que él bajaba hacia el Mar.

Nos encontramos como a una cuadra del Sindicato del IMSS, frente a la escuela Carranza. No recuerdo lo que se dijo, si es que se dijo algo (¡¿cómo podría, después de más de 20 años?!), y de lo que pasó después perdí memoria, no sé qué tan voluntariamente; pero lo que no olvido, y pretendo no olvidar jamás, fue de cómo al toparnos de frente, de una de las mangas de esa sudadera brotó una bellísima rosa roja que habló por él, logrando con eso que, cursi como era (¿era? ¡qué optimista!), en ese momento no quisiera estar con nadie más ni en nigún otro sitio…

Años después, leí “Letanía de la orquídea”, de Carlos Fuentes.  Y al conocer a Muriel, su protagonista, al que le brotó una orquídea de la rabadilla, no pude evitar acordarme de aquél muchacho al que alguna vez quise y de cuya mano brotó en una ocasión una rosa para mí.

Ahora, en la periferia de los cuarenta, y ambos con hijos universitarios, nos  hemos vuelto a encontrar, y la pregunta que asalta: ¿qué hubiera pasado si…?

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