Oyalep

“Callejero”, un cuentito


“CALLEJERO” “Era callejero de las cosas bellas /y se fue con ellas cuando se marchó. Se bebió de golpe todas las estrellas/ Se quedó dormido y ya no despertó”. A. Cortés

Una canción, un olor, una textura… un recuerdo. La memoria es curiosa. O mejor dicho, lo que resulta curioso es la enorme cantidad de estímulos que nos llevan a recordar cosas. Domingo pasa de los 30, y aún le sorprende el hecho de que la memoria se despierte más fácilmente con estímulos sensoriales, que con voluntad propia. A él le sucede con ciertos olores que lo transportan de manera inmediata a momentos de su vida muy lejanos en el tiempo. Como el aroma artificial de fresa, que le recuerda ese otro, envasado y rojísimo, de aquel shampoo del que en su ingenuidad de niño tomara un gran sorbo, para con ello darle un gran susto a su madre, y echar por tierra su capacidad de deducción (¡¿qué, no debería saber como huele?!). O como aquel otro, más impactante y mucho menos antojable olor a quemazón. No el olor a quemado que puede desprenderse de una fogata, o de la basura que algunas personas queman en sus patios, sino el olor a cosas quemadas, a ropa, a utensilios, a recuerdos; olor que le lleva de inmediato al momento en que sus abuelos paternos llegaran a vivir a su casa, luego de sobrevivir al incendio que arrasó con el céntrico departamento en el que compartían lo años de su madurez. Era aquél el olor de un lugar incendiado lejos de su casa, pero era lo que Domingo más recordaba de aquél día, por lo impregnado que lo traían en la ropa, en el pelo, en la piel: lo único que habían logrado salvar de dicho incendio, además de algunos documentos y fotos, amarillos de viejos, cafés por el fuego alevoso que les alcanzara las orillas. Y lo mismo le pasa con la música. Como en esta ocasión: camino al trabajo, prende el radio del carro, una estación que transmite música “para la nostalgia”. No alcanza a oír la canción completa, mas le reconoce la última estrofa y el recuerdo llega, así: sin querer y sin avisar. No puede definir con exactitud cuántos años tenía cuando aquella canción estuvo de moda, y ni siquiera recuerda completamente la letra; sólo viene a su mente que la canción trataba de un perro, un perro callejero, de su vida y de su muerte. Una muerte que en apariencia a nadie debía de importarle, por ser aquél un perro callejero. Sin embargo, para él resultó determinante porque si algo llega a su memoria automáticamente con aquella canción, es la certeza de que fue entonces y a través de la misma, que adquirió la noción de lo que es la muerte. Seguro que era entonces un niño muy pequeño. Pero un recuerdo lleva a otro, y las ideas se van relacionando y le hacen llegar entonces, provenientes de un rincón muy alejado del subconsciente, la cara, la voz y la alegría de la que fuera su primera amiga, con quien oyera aquella canción la primera vez: Alondra.

Ella era un par de meses mayor que él, y vivía a la vuelta de su casa. Era la época en la que por toda ocupación tenían jugar, ya fuera en casa de ella, ya en la de él, ya en la calle. En ese tiempo, se podía jugar aún en la calle. Ambos eran los más pequeños de la cuadra y en consideración a ello no les habían puesto ningún apodo; aunque visto desde otra perspectiva, ¡ya era suficiente con tener nombres de animal y de día de la semana! ¿o no? Había de todo en la cuadra: como “el Pozoles” (su boca hubiera sido un reto para el ortodoncista más capaz) o “la Gorda” (casi esquelética, segunda de ocho hermanos, era la que diariamente antes de irse a la escuela iba a la tienda por unos cuantos huevos y tortillas para el desayuno y una caguama para su papá), los inevitables “el Pollo”, “la Güera” y “el Negro” (no hay barrio que no tenga los suyos) y algunos otros, igualmente pintorescos. Sin embargo, al ser todos más grandes, en realidad no compartían mucho tiempo con ellos, salvo para utilizarlos como conejillos de Indias en sus primeros experimentos adolescentes, como cuando los ponían a jugar al papá y a la mamá, y los hacían besarse en la boca o enseñarse “sus cosas”; o como víctimas de bromas pesadas y narraciones de películas y cuentos para atemorizarlos; por eso la mayor parte del tiempo su mundo se redujo solamente a ellos dos. Eran amigos las primeras horas de la mañana, para el medio día ya eran marido y mujer, se divorciaban antes de la hora de la comida, que hacían en sus respectivas casas, a lo que seguía una prolongada reconciliación el resto de la tarde. Y al otro día, con algunas variantes para no aburrirse, lo mismo. Hasta que llegó el momento de ir a la escuela, y el mundo -el de ellos, claro- empezó a cambiar. No fueron al mismo jardín de niños: por circunstancias de la vida, él asistió a un colegio de paga, lejos de la colonia, y ella se quedó allí, en el barrio, cerca de casa. Sobre esto en especial Domingo preferiría no acordarse: los largos y apretados viajes en camión, las largas cuadras recorridas desde la parada del camión hasta el colegio; los nervios que transmite la prisa de los adultos cuando un paso de ellos equivale a dos o tres de los tuyos; el casi diario nudo en la garganta al ver alejarse a su madre a través de la reja; la modestia de su torta de huevo con frijoles envuelta en papel encerado, al lado de las fabulosas loncheras y termos de sus compañeros, decorados con figuras del “Hombre Biónico” o algún otro superhéroe, cuyo contenido -fuera cual fuera- seguro sabía mejor. Sin embargo, para su buena suerte el horario del jardín de niños era apenas suficiente para que su mamá lo llevara, regresara a casa a hacer la comida y volviera para recogerlo. Por tanto, seguían siendo muchas las horas que tenía para compartir con Alondra. Hasta que comenzaron a aparecer los moretones. Surgieron de la nada, sin que se hubiera golpeado; Alondra los comenzó a portar, primero con sorpresa, más adelante con cierta resignación, como si no importaran. Y ambos hubieran podido pasarlos por alto, a no ser que a los moretones se les unieron las hemorragias nasales, cada vez más frecuentes, cada vez con menos sol o agitación a qué achacárselas, cada vez más sin razón aparente, como los moretones. Y a éstas, se fueron sumando paulatinamente otras molestias que hicieron que su mundo, ése que ya estaban acostumbrados a compartir, empezara a cambiar. Ya Alondra no iba a jugar con él a su casa, sólo lo hacía en la suya, y ya no toda la tarde, porque se cansaba; dejó de ir a la escuela, y él en su inocencia se burlaba de ella porque no sabía contar y él sí, hasta en inglés; y llegó a ser común que se ausentara por algunos días, y como a Domingo le decían que la llevaban a Acapulco, eso le producía indignación y envidia propias de quien se esfuerza tanto para aprender tanto número en dos lenguas y aún así tiene que esperar a que lleguen las vacaciones para salir, y para colmo, lo más lejos que llegaban era a Cuautla o a Oaxtepec. Una mañana que tuvo que ser de sábado o domingo porque sólo recordaba que no era un día de escuela, su mamá lo despertó muy temprano, con la indicación de que se pusiera su traje y sus zapatos “de salir”. Ese traje, azul marino para más datos, se lo habían comprado no hacía mucho para la boda de una de sus primas grandes, y luego de la fiesta y ya de vuelta de la tintorería había estado guardado en la espera de una fecha especial, por lo que cuando pudo abrir del todo los ojos, aún sentado en la cama y con un incipiente entusiasmo que pugnaba por vencer a la modorra, le preguntó a su mamá que a dónde iban. La respuesta que obtuvo le borró la sonrisa y le apagó el entusiasmo: – Vamos a ir a despedirnos de Alondra, vístete.

¡Con que eso era! Otra vez, ¡otra vez se iba a Acapulco ella! Ella, que no iba a la escuela ni sabía contar, ni se sabía los colores en inglés, ni le ayudaba a su mamá con los quehaceres de la casa… ¡mientras que él se quedaba jugando solo por las tardes, aguantando su ausencia y sintiendo que la vida no era justa! La envidia y el resentimiento le asaltaron, y quiso rebelarse. –No discutas, Domingo, y vístete ya, para que desayunes antes de irnos – le atajó su madre. Si no hubiera estado tan molesto, habría notado que la voz de su mamá, como su traje, no eran los de siempre. Después de tantos años Domingo recuerda muy vagamente los lugares y mucho más vagos se le fueron haciendo con el tiempo los detalles presenciados, las frases escuchadas. Lo que sí recordaría muy nítidamente, aún con el paso del tiempo, eran las sucesivas sensaciones que estrenó aquel día y que fueron poco a poco disipando el enojo con el que salió de su casa: el desconcierto, cuando vio que el lugar al que llegaban no se parecía en absoluto a la terminal de autobuses; la sorpresa cuando no veía por ningún lado a Alondra, pero sí a sus padres y hermanos cerca de aquella inexplicable blanca caja, rodeados de gente y muy, muy tristes. Pero sobre todo, el miedo que le produjo el silencio en el que por vez primera veía sumidos los muchachos de la cuadra; se sintió estúpido y traicionado cuando después de mucho rato en aquel oscuro sitio la verdad le fue revelada ante su insistencia por saber qué pasaba. Del siguiente sitio al que asistieron, sólo le quedó el recuerdo una estatua que a él le pareció enorme, con la forma de unas manos juntas como cuando se reza, y el pasto, porque allí había mucho pasto. Como en Oaxtepec. No lloró, o al menos no recuerda haber llorado. Pero sí recuerda, aún ahora que pasa de los treinta, al escuchar la canción de Alberto Cortés que con ella tuvo su primera noción acerca de la muerte, pero que la de Alondra fue la primera muerte de su vida. Llega a su destino, luego del viaje rutinario y el simultáneo viaje a su pasado, e inevitablemente, al apagar el radio apaga los recuerdos. Porque hay que trabajar. Ya habrá tiempo para más nostalgias.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s