La película es lo de menos. El cine: “El Palacio Chino”, Centro Histórico. La hora: la menos apropiada, seguramente, pues ya no hay gente cuando salgo. Avenida Juárez. Del otro lado de la avenida, a mi izquierda (voy hacia el Zócalo), la Alameda, sola. A unos cuantos pasos, una pareja de novios que van muy amartelados (hasta parece que los voy siguiendo); no me quiero alejar de ellos, con la esperanza que esa supuesta compañía aleje la soledad y el miedo.

Hay un tramo bastante oscuro, y en lo que lo atravieso, como que sudo y no tengo calor, y como que a mis piernas se les dificulta el paso. En ésta ciudad todos tienen miedo, ¿por qué habría yo de ser excepción? Llego a una esquina, no recuero el nombre de la calle, y me encuentro, cosa nada difícil ni sorprendente, con un Sanborns. En esta ciudad parece que hay uno cada tres cuadras, lo mismo que “McDonalds” y “Vips”, lo que crea una identidad con base en anglicismos que no deja de llamar mi atención.

Adentro, la gente toma café, platica, se acompaña. Y yo con éste sabor a plantón… ¡mira que ir al cine sola! Creo que mi decadencia ya está llegando… ¿no será que se adelantó unos cuantos años? Bueno, pero volviendo al recorrido, y después de unos cuantos sobresaltos, llego al Eje Central. Me gusta. Me encanta su estruendoso transitar de carros, a toda hora. Casi… a ésta, ya no tanto.

Recuerdo la única vez que lo vi vacío, hace algunos años (digo algunos, para no decir muchos, porque la palabra me hace sentir más vieja aún). Estaba en construcción la línea no-sé-que-número del metro (la que va de Constitución de 1917 a Garibaldi), y yo estaba en construcción de un romance que no pasó, a fin de cuentas, de maqueta.

Era de noche, claro, y yo estaba desnuda, asomando medio cuerpo por la ventana del Hotel Astro o Astros, no recuerdo bien, uno que estaba a unos metros de la Torre Latino. El edificio ahí sigue, claro, pero el hotel ya no. Esa noche unos jugaban fútbol con el Eje Central como cancha. Mientras los veía, yo era observada por un animal peludo hasta de la espalda, que me decía insistentemente que me quitara de la ventana, que si no me daba pena, que me iban a ver…

El Hotel Astro o Astros, no recuerdo bien, con su elevador antiguo, su piso de duela, sus rechinidos nocturnos, su fachada como muy europea, su buhardilla que no pude conocer… Y no sólo no me quité de la ventana, sino que me salí al balcón, en cueros, y claro que los muchachos no me vieron, ocupados como estaban con su cascarita. El único que me veía en ese momento era aquél primate-patán. Como era de esperarse de alguien tan peludo, el tipo sólo buscaba verme la cara de idiota, y supongo que lo logró, pues yo sí llegué a creer que le importaba…

No me quejo, en realidad; me viene a la cabeza la frase tan sobada, “Fue lindo mientras duró”. Aunque yo lo valoro más porque gracias a su invitación pude salir al balcón de ese destartalado hotel esa noche, y disfrutar la maravillosa vista de la larguísima cancha en que estaba convertido el Eje, por el que – cuando ando allá de vacaciones – asciendo al sur por las mañanas y me desbarranco al regreso por las tardes, hacia el norte, hasta el centro, con sus Sanborns, sus tiendas, su mucha gente, sus encantos y sus aberraciones.

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