Una de las cosas que más odio, es tener que ir a que me cheque un médico cuándo estoy enferma. ¿Por qué? No lo sé. Soy una ideática, loca, paranoica, que no le gusta ir con los doctores. Para mi buena suerte me tocó sufrir en carne propia (literalmente) los servicios médicos “gratuitos” en México. Aunque ni tan gratuitos, se te descuentan de la nómina.

El caso es que fui a parar al ISSSTE, el famoso Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado. Quienes se jactan de tener un eficiente y tecnológico sistema de reservas de citas medicas por teléfono y por internet. ¡MENTIRA! Pasé 3 días seguidos llamando al 01-800 y a punto de aventar mi computadora al suelo, porque su sitio no me dejaba hacer la cita en línea.

Pasando la etapa de la histeria, se me ocurre abrir la boca y preguntarle a mi Sra. Madre, “¿Tienes idea por qué no funciona la línea telefónica del ISSSTE? ¿Ya intentaste hacer una cita tú?”

Me volteó a ver como la niña del exorcista cuando gira el cuello, y me dijo, “¡Tengo 2 días llamando y no me contesta nadie!, pero ya pensé en una solución, vamos a tener que MADRUGAR (hago énfasis en esto, porque ODIO madrugar), y estar ahí antes de las 07:00 am para que nos den una cita para ese día más tarde… o a ver cuándo.”

Ya me estaba haciendo a la idea de que podía zafarme de ir a mi chequeo con el doctor, ¡pero no! Dije, “está bien, vamos a ir en la mañanita”. Me despierto a las 05:30 am. Me alisto. Llegamos al hospital, y en eso que me dice mi madre, “lo logramos, llegamos antes de las 07:00 am.” (eran las 06:57 am). Todavía tuvimos que hacer fila. Yo nada encantada porque había tenido que levantarme, hacía frío, y honestamente NO quería estar ahí.

Llegó nuestro turno. Nos recibe la recepcionista con una cara de sueño, preguntando, “¿A qué consultorio vienen?”

Al 01 dijimos mi madre y yo al mismo tiempo.

Se nos quedó viendo. Esperó a que el cerebro le mandara una señal a su boca para contestar, “No tenemos citas para el consultorio 01, tendrá que ser con algún otro doctor.”

Mi madre hizo una cara de fastidio que me reí de ella, y rápido dijo, “Pero señorita, no hemos podido hacer la cita ni por teléfono, ni por internet, ¿será que nos puede dar una cita para otro día en el consultorio 01?”

La recepcionista la vio con cara de esta señora qué se cree, y le dijo, “No, señora, tendrá que consultar hoy en alguno de los otros consultorios”.

Antes de que ella terminara su frase yo dije, “Yo sí quiero en cualquier consultorio. Lo más temprano que se pueda, no me levanté para nada.”

La recepcionista me tomó los datos, y me dijo  tal consultorio, tal hora. Mi madre hizo su cita en otro consultorio también, pero primero obviamente empezó a hablar de la recepcionista. Mi madre me dijo, “la que salga primero, espera a la otra”, y se fue a su cita.

Se supone que los doctores consultan a las 08:00 am, eran las 08.30, y el doctor ni se apareció. Fue hasta más tarde cuando llegó, café en mano, y diciendo, “Buenos días. Perdón, se me hizo un poco tarde”.

Yo pensé, “¡Claro, wey! Como yo estoy parada desde las 05.30 am para que tú llegues tarde”, pero luego pensé, “calma, no seas así, quizá le pasó algo en el trayecto”, y me respondí, “¿qué demonios puede pasar en el trayecto? ¡En La Paz! No, se ha de haber quedado dormido”.

Concentrada en mis pensamientos, llega mi maestro de matemáticas de la secundaría, y me dice, “Hola, ¿qué haces por aquí? Dime, ¿ya te gustan los números?”

Con mi sonrisa algo hipócrita contesté, “Pues vengo a un chequeo, y no, honestamente, no me gustan los números”.

Después de una mini conversación, se despidió, en eso llega un señor de la 3ª edad o mejor conocidos como viejito, y me empezó a contar cosas de su vida. Cosas de geografía, del clima,  de Haití, del mismo hospital. Yo EMBOBADA con la plática del señor. Me cayó bien, lo admito, no sé por qué me gusta platicar con los viejitos, cuentan cada cosa… pero esa es otra historia.

El tiempo pasaba, y pasaba, pero las citas no avanzaban muy rápido. Eran las 10.00 am, yo con hambre, sueño, y frío. Entonces mencionan mi nombre, me levanto, me acerco a la puerta, y el doctor me dice, “Espera un momento, regreso”.

No dije nada, y me hice  a un lado. En serio, pensé que se había olvidado de sus pacientes. Fue cuando regresó con otro café, un contenedor, supuse que con su desayuno, y una sonrisota. Yo, por supuesto, con mi cara de ¿Qué te pasa?

Me pidió que pasara al consultorio, fue ahí dónde mi tortura fue peor. Comenzó el chequeo, me gira, y me lastima el cuello. Me preguntó si me había lastimado.

“Sí, me duele”… “¿No ves mi cara de dolor?” pensé.

Tras una plática paciente-doctor, me dijo, “Tienes que hacer esto. Ir a tal lugar, pasar a dejar estos papeles, ir a la farmacia por esto, y al último regresas para darte otro papel.”

Pensé, “¿Todo eso no lo podría hacer la enfermera por mí? o ¿Es necesario que yo lo haga?” Pero sólo asentí, y dije, “Ok”.

25 minutos después, regresé, y me dijo, “¡Ay, una disculpa! Me equivoqué de expediente. Esos papeles que te di no eran tuyos.”

Le pregunté, “¿Y  ahora qué?

“Pues vas a hacer lo mismo que ya hiciste, pero les dices que los pongan en el expediente correcto”.

Yo ya andaba hasta la madre. Ya superado todo este error, burocracia, hacer corajes y berrinches en el ISSSTE, me dieron mi diagnóstico, mis pastillitas de Diclofenaco, para que digas que te fue bien.

¿Saben qué es lo peor de todo? Que tengo que regresar próximamente. La  tortura sin duda se repetirá.

¡Porque estas cosas sólo en México!


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