Oyalep

La grúa de Las Viudas


Sin planearlo mucho nos juntamos todos los cuñados, cuñadas, sobrinos e hijos. Nos lanzamos el domingo a una playa que acaban de abrir (o sea, el camino fue lo que abrieron), “Las Viudas”. Es un delicioso lugar a unos 15 km de  Cabo San Lucas, por el corredor turístico, justo antes de llegar al Chileno.

La arena gruesa se sacude fácilmente de la piel húmeda, las olas estaban un poco altas, como de unos 5 metros, y en la orilla de la playa se podía disfrutar del agua tibia del océano. No lo pensé dos veces y me metí en uno de los pocitos que forman las rocas de las orillas. El clima, las olas… todo estaba puesto de una manera que ya la hubiera deseado para otras ocasiones de playa.

Estaba disfrutando del agua, mientras estaba recostada a un lado de las rocas y del divino sol que no se pasó de lanza, cuando empezó a llegar el resto de la familia. Éramos como 15, tres carros, dos de los cuales tenían doble.

¿Más o menos saben pa’ dónde voy con esto? ¡Ja! ¡¡No tienen idea!!

La marea empezó a subir y con ello llegó el hambre. Prepararon unos deliciosos pescados empapelados, con mantequilla, verdura, chilito; acompañadas de unas ricas tortillas de harina hechas a mano y unas bien heladas Modelos. Los niños jugaban con sus tablas de surf y para la tarde, todos habiendo hecho digestión, nos dispusimos a disfrutar de lo que quedaba de día jugando en el agua.

La marea subió mas, el mar se debatía con la orilla con furia (wow que frases). Le pedimos a la bola de plebes que se salieran por que las olas alcanzaron los 10 metros de alto y para eso de las 8 de la noche empezamos a recoger las cosas, ya saben: la basura, las sillas, las sombrillas y el familiar, etc., por que se lo empezaba a llevar el agua.

Estando en eso le pidieron a mi cuñado que sacara la Trooper del lugar en el que estaba para empezar a mover los carros. Como ya lo había mencionado dos carros eran doble y uno no lo tenía. Así que ahí viene lo sabroso.

Cuando trata de sacarla empezó a estancarse y decidió meter la doble. Movía un poco el carro y más se atascaba. Lo enderezaba y más se atascaba. Ante el enojo de su mujer ella decidió tomar las riendas de la situación y lo llevo a un terreno un poco mas firme: a la orilla de la playa (¡Esto es sarcasmo, eh!)

El tipo de arena no ayudó mucho, ya que era más bien rocas finísimas y si uno escarbaba, salía mucha agua.

Eran pasadas las 9, cuando en total oscuridad la Trooper de mi concuña quedó inservible en las revueltas olas del mar. Una ola de casi 5 metros la levantó como si fuera papel y la depositó un poco mas adentro del agua.

Todos estaban en espera de un milagro o de la grúa que habían llamado minutos antes para rescatar el carro. La mentada grúa llegó a las diez de la noche con un equipo de 4, entre ellos un niño de 8 años que manejaba la grúa como si hubiera nacido con ella. Todos fortachones preparados para el rescate.

Engancharon la Trooper a la grúa, la cual estaba bien retirada de la orilla para no atascarse también, con un cable de unos 20 metros y empezaron a tirar de ella. Se rompió. Dos, cuatro, seis veces la trataron de jalar y se reventaba la cadena a la que estaba sujeta. Los niños impacientes, con hambre, con sueño y mucha sal pegada al cuerpo pedían atención y nadie podía estar mas preocupado que las mamás.

En eso nos decidimos seis personas a empujar, mientras otras seis estaban jalando. Varias olas hicieron de las suyas al aventarnos contra la parte trasera del carro, pero eso no nos desanimó para terminar la tarea que habíamos comenzado hacía ya casi una hora.

A las once de la noche salimos airosos del evento, que requirió trabajo de equipo, mucho ánimo y muchísima paciencia. Y contrario a lo que todos suponían, NO SE ATASCÓ EL CARRO SIN DOBLE.

Platique con el dueño de la grúa cuando casi nos íbamos. Le pregunté por el pequeño que andaba manejando la grúa, a lo que orgulloso me dijo “es mi nieto, parece que nació debajo de una grúa porque a todo le sabe el chamaco”. Me dio risa y se me hizo adorable el trabajo de este pequeño, tan entusiasta.

Estaban también por ahí los típicos chismosos que se divertían mientras engullían una cerveza y tomaban fotos. No dudábamos que estuviera un fotógrafo de “La Voz”.

En fin, lo que prometía un maravilloso relato de domingo, terminó siendo una historia de grúas. Le pedí a mi cuñadita de 13 años que tomara todas las fotos que pudiera, claro que no contábamos con esta situación y la secuela fotográfica puede hablar por si misma.

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No olviden visitar el Blog de Mar Fatale, Soborna.

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6 replies »

  1. vaya historia, así terminan algunos aparentes momentos de ensoñación: carros atascados, llantas ponchadas… jejeje pero al final es parte de la aventura. Linda playa [quiero iiiiir], mis felicitaciones a la fotógrafa y a la modelo-narradora 😉

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