Oyalep

Veintitres


¿Que estaba haciendo a los 23?

Bueno, a lo que me acuerdo, estaba cursando algún semestre de la carrera de Derecho. Batallando pa’ conseguir feria pa’ salir. Vivía con el negro y con mi jefe, era, literalmente, un infierno, sólo el negro me alivianaba machín.

Mis amigos armaban toda clase de pisteadas todos los fines de semana en mi casa. Empezábamos los viernes y acababan los domingos. Era una sola tribu que ponía en el rudimentario estereo de cuatro cd’s o algún cassette olvidado de algún grupo de metal de los chochentas. Platicábamos de lo mismo y nos reíamos de lo mismo. Las conversaciones eran de las caricaturas que veíamos en nuestra infancia y de las pisteadas anteriores.

Ya sabes, en todos los grupos de amigos siempre está el borracho que se bota primero y al que traen a carrilla después. La comehombres que espera que se bote ese borracho pa’ poderle brincar. La casada que se espanta de tanta barbajaneria y ahí le gustaba estar. El imprudente que siempre hacía un comentario de hueva. El que se las sabía de todas, todas: desde el nombre y el apellido del vocalista de una impopular banda, hasta el color de los calzones de tu madre. La que traía a todos los solteros, y a algunos casados, detrás de su trasero probando suerte. El chistoso que siempre que abría la boca era pa’ decir algo punzante. El exhibicionista que sólo esperaba el momento pa’ andar enseñando el pito y su igual pero en mujer que sólo esperaba pa’ andar enseñando las chichis. El gritón que quería llamar la atención de todos. El que pedía un beso pa’ no sentirse solo. Los que no conocía. La que no decía nada y solo se reía.

Y así, muchos y tantos con sus cualidades y defectos y todos éramos felices en ese momento. Éramos amigos del alcohol y de la noche. Nunca nos comprometimos a ver que sucedía después de las ballenas.

El piso de mi patio parecía florecer en amarillo de tanta corcholata de Pacífico. Los cristales ámbar oscuro de los envases me recordaban que habría que limpiar antes de que saliera mi papá y empezara a señalarme con sus prejuicios de adulto divorciado. Pero disfrutaba limpiar a mis 23. Recordaba lo sucedido la noche anterior, me reía, me complacía tener tan diferentes personalidades en un sólo lugar.

Ayer en la tarde una amiga me dijo que un muy cercano amigo suyo haba fallecido. “¿Te acuerdas de él?” me preguntó “Vive aquí al lado. Salió con nosotras el día de tu cumple… ¿pues qué crees?, lo atropellaron. Venía de una fiesta caminando por Soriana y nunca supieron quien lo atropelló. La policía fue a su casa el domingo en la mañana. Ya lo habían dado de alta del hospital y falleció el domingo en la noche… tenía 23 años. Estaba bien morro…”

La verdad no me acuerdo de él, ni como sería él en esas pisteadas. Si sería el imprudente, el amable, el carrilludo, el besucón. No lo sé… pero me acordé de mí a mis 23.

Si te toca, aunque te quites. Si no te toca, aunque te pongas… dicen por ahí.

No olviden visitar el Blog de Mar Fatale, Soborna. Un ceviche ideológico visual.

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