Aquí hay un cuerpo envuelto en una sábana blanca, aunque no se trata de un funeral egipcio; también hay un bote que trasladó un polvo como de arena blanca, que en realidad no era arena; hay reminiscencias fúnebres de la cultura hippie de los 60 y episodios que se extienden por décadas, entre alucinaciones, viajes fugaces y otros que no tuvieron retorno.

Es algo parecido al túnel del tiempo, sólo que sin héroes ni historias felices. Eso sí, está lleno de armas, víctimas y villanos, y los más recientes y famosos son mexicanos.

¿Cómo surgió la primera epidemia de las drogas en los años 20? ¿Qué grado de sofisticación llevó a un grupo de mexicanos a apoderarse del mercado estadounidense? ¿Cómo resplandece la cacha de una pistola tapizada por diamantes? ¿Cuántos segundos tarda el crack en taladrar el cerebro de un adicto?

Las respuestas están en un edificio burocrático de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA), el museo del narco que se levanta en Washington DC.

El museo es una inmersión lúdica por un túnel siniestro y obscuro, como el mundo de las drogas: Están en exhibición los zapatos verdes con plataforma que en los años 60 utilizó un policía encubierto; el abrigo de piel que por meses llevó otro oficial con la idea de vestirse como lo hacían los narcos en los años 80; una colección divertida de pipas y pipetas de todos los tamaños; revólveres y pistolas de todas las dimensiones y épocas y artefactos en apariencia inofensivos como unas diminutas cucharas de McDonalds utilizadas para inhalar cocaína.

También es en algún modo una explicación ligera pero suficiente para comprender cómo ha evolucionado el mercado y el consumo de las drogas en el mundo y particularmente en Estados Unidos, desde que los chinos importaron el opio en los años 20, pasando por la popularidad que cobraron drogas como la morfina, la cocaína y la mariguana en los 50 y una época más reciente marcada por la caída de los imperios de la droga colombiana y el ascenso de un reinado único y dominante: el de los cárteles mexicanos.

“Y pensar que hoy se sigue utilizando la morfina para calmar el dolor en los hospitales”, dijo un agente de la DEA una mañana de junio, acompañado por otros dos oficiales. Caminaron por un largo pasillo repleto de objetos en exhibición, hasta que llegaron a una pequeña vitrina parecida a un altar improvisado.

Dentro resplandecía una pistola calibre 45: en reposo, con la cacha sembrada de diminutos diamantes, lucía inofensiva y bella. Era propiedad de Rafael Caro Quintero, que aparecía en una fotografía, desnudo y descalzo tras ser detenido por la DEA, junto a un rostro en blanco y negro: Enrique Kiki Camarena, el agente cuyo cuerpo fue encontrado en un rancho de Michoacán. Antes de llegar a esa vitrina se aprecia la primera plana de un colombiano que muestra la imagen de Pablo Escobar abatido, como en una metáfora de la muerte de los cárteles de Colombia.

A un lado brilla un disco digital titulado “El Chile Pelaiz”, una muestra del surgimiento de la narco-música, y debajo aparece una galería de rostros acompañados por biografías criminales: el nuevo reinado compuesto por los narcos mexicanos. Una de esas leyendas informativas del museo no deja lugar a dudas: “Alguna vez pequeños, los traficantes mexicanos que vendían mariguana y heroína se expandieron gracias a los cárteles colombianos. Hoy dominan la mayor parte del mercado estadounidense de las drogas”.

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