Oyalep

El Ropero


18092009272Aún recuerdo con nostalgia ese enorme ropero. Fresca está la imagen de la primera vez que lo vi en el aparador de Coppel Revolución. Mi novia, no dejaba de repetir que sólo era un ropero, como cualquier otro alrededor de la tienda, o de cualquier tienda. Pero algo me repetía lo contrario. Escuchaba palabras que nunca se pronunciaron, en un lenguaje que nunca había escuchado.

Me hice de ese ropero. En abonos, claro. Hace no mucho que lo terminé de pagar. Era un ropero enorme con 6 cajones en la parte inferior y tres en la superior. En la parte inferior, ahí guardaba mis adorados calcetines de seda. Inclusive esos que me acompañaron en el funeral de mi padre. Ya rotos entonces, imposibles de usar ahora.

En otro cajón guardo mi trusas favoritas, casi todas. Menos esas tangas “sexy” que mi prometida me regaló y que tanto odio. Siempre incomodas. En otro cajón guardo las playeras grises que tanto me gusta vestir debajo de mis camisas. Seda, poliéster, algodón o cualquier otra, ninguna se siente bien sin mi playera gris debajo. Unas ya tienen sus años. Cada que abro su cajón me piden jubilarlas, pero al vestirlas saben que las extrañaría y ceden.

También está ese cajón vacío. Vacío para mi prometida y todo aquel que no me entiende. Ahí guardo todos esos recuerdos que no caben en el corazón, en el alma. Ahí guardo el funeral de esos amigos que nunca debieron irse. No entonces, no ahora. La muerte de la abuela y el abuelo, de mi padre. Ahí guardo todo el dolor que mi madre soportó sólo por nosotros.

Ahí guardo las decepciones y errores. ¿Por qué no me he deshecho de ellos? Porque son los causantes de lo que soy. Son la semilla de mis éxitos. También guardo mi primer beso. Y la primera vez que me cortaron. La última vez que limpié ese cajón tiré todas las demás. Me han dejado demasiadas veces, creo que la primera vez es suficiente.

También guardo esa pelea en la que me quebré la muñeca y me gané un gran moretón en el ojo izquierdo. No gané esa pelea, de hecho, nunca he ganado una pelea, pero me gané su simpatía. Aunque luego me dejó.

Todos esos malos recuerdos los tengo guardados en ese cajón. ¿Los buenos? Esos los vivo todos los días. Me paró a encender el televisor y justo arriba está un vaso de tequila, aún con manchas del líquido y granos de sal. El mismo con el que celebramos nuestra amistad aquella noche. Él ya se fue, se me adelantó, pero esa noche se repite cada vez que veo el vaso.

También esta esa playera, sí así se le puede llamar a ese trapo rasgado y sucio. La misma que se sienta detrás de esa batería y platillos tocando las mismas canciones, frente al mismo público cada vez que la veo.

Fotografías, botellas, postales, una trenza de cuando solía presumir una melena rizada, folletos, un menú, porta-vasos, cartas y demás baratijas que reviven un buen momento al lado de un pariente, amigo, amiga, novia, inclusive alguien del que ni siquiera recuerdo su nombre. Muchos no lo entienden. Yo digo que son celos por no poder revivir esos momentos tan vívidamente como lo hago yo.

La parte superior del ropero estaba dividida en tres. En el centro un largo espejo. ¿Vanidad? Un poco. Pero me gustaba ver el hombre que era en ese momento. Incluso algunas veces logré ver el hombre en el que me convertiría. En el hombre del que mi padre siempre habría estado orgulloso. En él.

En esa parte guardaba mis pañuelos, ya saben, mi maldita compañera de toda la vida que decidió que nunca se marcharía, mi alergia. También mis anillos. Mis collares y pulseras. El frasco vacío de mi perfume favorito que mi esposa me regaló. Mis llaves. Todo eso guardaba ahí. Inclusive uno que otro recuerdo que se negaba a ser encerrado en el cajón vacío pero que ya no cabía en mi. Ahí se quedaban.

Al lado izquierdo guardaba mis pantalones. La mayoría negros. Uno gris. Y ese de color vino que tanto me gusta. También los sacos y las corbatas. Y ese chaleco que me hacía ver como Cesar Costa en sus años mozos.

Del lado derecho guardaba mis camisas. Al contrario de mis pantalones, la mayoría de colores claros. Siempre disfruté de esa mezcla que producían mis sucias y ofensivas playeras de rock junto a mis delicadas y finas camisas que siempre me ayudaron a no asustar a los que sólo prejuzgan.

Aún recuerdo con nostalgia ese enorme ropero. Ahora se encuentra vacío y solo en una segunda. Mi ropa se regaló y nadie sabe donde quedaron mis recuerdos. ¿Cómo permití eso después de tanto tiempo? No tuve mucha opción. Me pusieron en una oscura caja sin luz ni aire acondicionado. Sin mi música y sin internet. Sin cerveza ni videojuegos. Ni siquiera es de mi tamaño. Nunca fui alto, pero esto me aprieta.

Se está muy solitario aquí abajo. Demasiado silencio. Ya sólo soy un recuerdo más en un cajón.

29 de Marzo de 2007

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4 replies »

  1. Pues es un cuento narrado en primera persona. Pero bueno, no quiero ser muy profe porque no me queda. Está bien, algo clásico el cierre. Ya lo me queda en duda es si la mayoría de lo dicho es tuyo auténticamente o todo es ficción. Pronto te mando algo.

  2. Me agradó lo que escribiste… aunque coincido mucha ficcion 😀 pero con un toque tuyo y de dramaaa… Suerteee! 😀 No más drama!

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