Sangrar a lo pendejo
Cuando me da coraje me dan ganas de botar cosas y romper ventanas.
De mis tiempos de adolescente no controlaba mis histerias y había momentos en que me cortaba. Lo llegué hacer varias veces hasta ya cumplidos los 20 ( eso creo). Me hacía cortes en los brazos y luego los ocultaba debajo de ropa negra de manga larga.
Llegué a tener un novio al que le gustaba pegarle a sus novias, claro que yo no lo sabía hasta que anduve con él.
Una vez estábamos en el cuarto de su casa casi a punto de salir a parrandear. Era alrededor de las 10 de la noche. Planeamos la noche para pistear en Las Varitas y divertirnos con los amigos.
Entré al baño antes irnos y cuando me acomodaba los pantalones que siento caliente el oído y vi lucecitas. No me caí ya que me detuve de la puerta y volteé a verlo sin saber que ocurría. Antes de que cayera en cuenta me jaló del brazo, me hizo varias cortadas en él y me dio contra la pared.
Estaba sacadísima de onda y muy asustada, así que me acerqué a la puerta lo mas rápido que pude y salí corriendo de ahí.
Salió a buscarme y me gritaba que regresara mientras yo corría calle abajo. No quería que me encontrara, estaba tan asustada que no sabia que hacer. Me revisé en el vidrio de un carro estacionado. Solo tenía los cabellos para todos lados y cara de espanto. Mi brazo me ardía un poco. Sólo habían sido rasguños superficiales. Me compuse, limpié mis lágrimas, los mocos correspondientes y me dirigí al único sitio que yo consideraba seguro en ese momento: el malecón.
Caminé algunas cuadras esperando ver alguna cara conocida, pero nada. “Si me regreso a mi casa – pensé- de seguro mi mamá sabrá que algo malo pasó y me culparía de ello”. Así que irme a mi casa no era la mejor opción. Llegué a Las Varitas ya pasadas las 12 de la noche. Entré por el estrecho corredor (antes había un corredor) y busqué entre la nube de humo a alguien, a quien fuera, no quería estar sola pero tampoco quería hablar de lo que había sucedido.
Al otro lado del bar estaba La Jazz, bailoteando con su cigarro en la mano. Cuando me vio parada fue hasta donde yo estaba y me saludó. Me dijo que estaba con El Mau y que luego irían a la playa. Le dije que yo estaba cansada que iba a regresarme a mi casa. Creo que ella notó algo raro pues me propuso salir a tomar algo de aire y a cenar jates en la esquina. Y hablamos, hablamos, hablamos hasta que amaneció.
Después de esa noche terminamos este wey y yo (obviamente) pero no pude reprimirme las ganas de ir a su casa, entrar en su cuarto y darle en la madre a todas sus cosas. Corté ropa, cuadros, fotos, colchón, sábanas, cobijas, las almohadas las dejé como tiritas de papel. No quedó ningún pantalón, ni truza viva. Y sus preciadas camisas de marca (o eran robadas o eran piratas) quedaron para limpiar carros.
Caí en una profunda depresión y seguí cortándome un tiempo más, pues no hablaba de mis frustraciones y sentía que la única manera de liberarlas era sangrando.
Ahora, afortunadamente, son pocas las veces cuando me enojo, hablo de lo que me molesta y no me agradan los conflictos. Sí traigo mucho coraje, sí me dan ganas de botar y romper cosas, pero trato de calmarme, de ver todo más objetivo y tratar en lo más posible de no hacerme daño ni dañar a nadie. Ahora aprovecho los arranques de furia para ponerme a producir; dibujo, pinto o me pongo a escribir. Creo que es más productivo que sangrar a lo pendejo.
Mar Radial.

Sangrar a lo Pendejo
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